Volviendo a la cama

Éste es el primer relato que escribí. Es un cuento corto, muy corto que en un principio titulé “A Murakami y a Bolaño les importa un bledo”. El título no me convenció y lo cambié por el presente. Espero que os guste.

Volviendo a la cama

Hoy he tenido una extraña sensación, como una especie de necesidad vital. De repente me he encontrado con el inesperado deseo de ponerme a escribir y no cualquier cosa. Siempre había pensado que algún día acabaría por escribir algo de ciencia ficción, supongo que es lo que siempre había deseado, pero hoy era diferente.

De hecho ha sido doblemente inesperado, precisamente por ese motivo. Siempre he querido escribir ciencia ficción, hasta el punto de llegar a formar parte de mi abultado cúmulo de fustraciones, pero creo que es la primera vez que siento como el antojo de escribir algo ajeno al género. Aunque, para ser sinceros, no es del todo cierto. Debo reconocer que, en mi adolesciencia, como quien con más o quien menos, le di a la poesía romanticona, desarrollando cierta afición enfermiza, casi obsesiva, a los sonetos. Y en la actualidad, de vez en cuando escribo haikus, aunque en este caso, la poesía japonesa tiene más de terapia que otra cosa. En realidad, habitualmente paso el rato perfilando el poema en mi mente, jugando con la idea que me preocupa dándole vueltas una y otra vez, conjurando la rima de manera adecuada, encuadrando el conteo de sílabas, eligiendo la palabra adecuada, siendo consciente de aquello que no se dice y que es tan importante como lo que sí se dice, hasta que el pequeño poema, siempre en la intimidad de mi mente, queda perfecto. Normalmente se trata de una experiencia que me pilla conduciendo, de manera rutinaria, así que una vez he dado la forma al haiku, dedico el resto del viaje a rememorarlo una y otra vez, jugando ahora con su sonoridad, con su cadencia, expulsando los demonios para luego, sin tan solo transcribirlo, olvidarlo, permitiendo que vuelva al vacío del que surgió. Todo muy zen.

Pero en esta ocasión es muy diferente, existe en mí un anhelo auténtico de plasmar una idea, una historia, quizás una vivencia personal. No sé de dónde habrá salido. Quizás de algunas de mis lecturas de este último año. Un año marcado por Murakami y Bolaño, dos autores que tienen en común el producirme sentimientos contradictorios, casi paradójicos: por algún motivo que desconozco, me fascinan sus relatos pero, en cambio, siempre termino por encontrarlos odiosos.

El primero que conocí fue a Murakami, el autor japonés de moda. Me hipnotiza esa sutil mezcla de cotidaniedad y fantasía casi surrealista. Empiezo uno de sus libros y me es hasta doloroso separarme de la narración. Pero se acaba la historia y acabo por sentirme siempre igual: lo odio. No puedo evitarlo. Me encanta todo lo relacionado con el Japón y no puedo dejar de investirlo de un aura romántica dominada siempre por la tradición y el tópico más pueril. Y ahí está ese Murakami, idolatrado por todo el mundo y que, en realidad, es tan poco japonés, es tan occidentalizado, con sus interminables referencias culturales occidentales, con su insultante carencia de tradicionalismo en sus relatos. Es enojante. Pero adoro sus historias, sobretodo sus personajes, no dejan de fascinarme.

Es curiosa también otra coincidencia que se da en mi relación con mis dos autores paradójicos: hasta ambos llegué a través de una mujer. Quizás sea por ella esta nueva ansia remozada por escribir, o quizás tan sólo, ella ha sido el primer engranaje, el chispazo primordial. Sea como fuere, se me hace agónico seguir este hilo de pensamiento. Lo único cierto es que, poco después, por ella, llegué a Bolaño.

En realidad, todavía me cuesta más entender mi reacción hacia el chileno. De hecho no he leído demasiado de su obra: apenas su magna obra póstuma y algunos libros de cuentos. Pero la sensación es constante. Me encanta su sencillez, su claridad, esos personajes tan cercanos. A diferencia de Murakami, ahora éstas son historias auténticamente cercanas en varios sentidos: por un lado por sus trasfondos tan próximos, sus constantes referencias a lugares comunes, esos personajes tan creibles por lo humano; por otro lado esas situaciones marcadas por lo habitual, por lo cotidiano, haciendo incluso de los más extraño algo propio, algo en lo que podrías llegar a verte envuelto. Y al igual que con el japonés, me siento enganchado, absorbido por la narración. Hasta que se acaba y entonces llega la extraña desazón, un sentimiento enfrentado, que no llega al disgusto, ni a la desidia, ni a la decepción, pero que deja una mancha oscura en mi interior. Me siento como un poquito engañado, me quedo siempre con la idea de que, con cada una de sus historias, Bolaño quería decir alguna cosa, seguro que algo importante o quizás no, pero en cambio nunca lo hace realmente, enmascarando la verdad con sutiles vanalidades, como si escondiera el auténtico mensaje en unas palabras que ya se han transformado en un código indescifrable. Siempre tengo que dejar pasar unos días, como para rumiar ese sentimiento hasta que, como si le perdonara, reconozco que me ha gustado y que le odio.

Aunque, en realidad, creo que no debería olvidar esta tendencia a veces incomprensible, que tenemos todos hacia el autoengaño. Me dejo llevar, divagando en plena borrachera de insomnio, abandonando seguramente, mi objetividad y mi perspicacia entre las sábanas de la cama aún caliente. Es increible cómo nos gusta mentir, sobretodo a nosotros mismos, nos creamos falsas realidades en las que sustentar nuestras pobres identidades y nos quedamos tan tranquilos, convencidos de que sabemos realmente lo que pensamos. Somos los mejores mentirosos, y también los mayores crédulos.

A lo mejor, no se trate, lo de esta nueva sensación, de un anhelo recién encontrado, cuya génesis se encuentre en alguna relación ambigua. Quizás sea algo un poco más profundo, precisamente por escondido a traición, incluso quizás por recóndito. Quizás se trate de una transformación, de una evolución de mi intelecto, o incluso de una mutación de mi mente. Consecuencias de vivir al otro lado.

Es algo que pensaba hace unos días, precisamente conduciendo de manera rutinaria por la misma carretera, a la misma hora, cruzándome con los mismos vehículos de cada día. Ya hace bastante tiempo que trabajo de noche y mi vida ha cambiado radicalmente. No se trata únicamente de las evidentes consecuencias sociales de trabajar y dormir al contrario que el resto de la parte de humanidad con la que te toca interaccionar. Es algo más interno que llega al nivel de la percepción de la realidad.

En ese momento de lucidez maquinista en mi coche, llegué a palpar la semilla de una idea inquietante y pasé un buen rato intentando explicármela a mí mismo, creo que sin demasiado éxito. Aunque dejó en mi la marca de que había algo sobre lo que valía la pena investigar. La cuestión es que vivo al otro lado. No se trata de un lugar opuesto a lo conocido, ni es un reflejo de lo que llamaríamos vida. Es más bien una versión diferente de la realidad que experimentan los demás. No es mejor, ni es peor, simplemente está al otro lado del velo que las separa. Porque eso sí, ambas partes de la realidad están claramente diferenciadas y delimitadas por una barrera física que las configura. La noche.

Llego a casa que apenas va a salir el Sol, prácticamente no veo a nadie, a penas me cruzo con caras anónimas hastiadas y concentradas en llegar a sus trabajos. Yo no existo para ellos y ellos no existen para mí. Llego a mi apartamento, en penumbra, con todas las persianas bajadas, quizás coma algo ligero antes de meterme a la cama para despertarme por la tarde. Entonces, todavía adormilado, un poco obnuvilado mientras voy recuperando la consciencia, paseo hasta casa de mi madre. Son sólo unos minutos, un corto paseo entre personas que están donde los corresponde. Yo no, yo ahora estoy como de visita en este lado. Soy un turista. No tardo en volver a mi casa a encerrarme de nuevo. Mi apartamento, la estación de enlace entre las dos partes del tejido de lo real. Paso las horas, quizás envie algún sms, o conteste al teléfono, o contacte con alguien por el facebook. Pero son como imágenes, son representaciones del lado que no me corresponde. Hasta que de nuevo se pone el Sol y se abre el portal. Iré a trabajar y veré a los míos, la gente de mi lado.

Esta sensación de irrealidad, de desconexión, seguro que es importante. Aún no sé de qué manera, pero me ha ido cambiando, me está cambiando, de forma lenta, sutil. Cada vez queda menos de mi porque todo se queda en la noche.

De todas formas, a pesar de las dudas, no sé si conseguiré escribir algo, supongo que todo acabará como siempre. Volveré a la cama, dejaré que el deseo se entremezcle con el sueño hasta diluirse. Quizás por el camino le de la vuelta a una o dos ideas para escribir un cuento, pero el cansancio se las llevará junto con todos los haikus no escritos, al vacío.

Acerca de noencuentroellitio

Friky compulsivo que juega a que, de mayor, quisiera ser escritor.
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Una respuesta a Volviendo a la cama

  1. Sandra dijo:

    Este fue el primer relato. … “esa sensación de irrealidad y desconexión. ….” es lo q te ha llevado hasta donde estas hoy, a punto de publicar tu primera novela.
    De forma lenta, sutil, cada vez queda más de ti.
    Todavía tienes muchas cosas en ” tu otro lado” X plasmar en relatos, histórias…….no dejes q nos quedemos con las ganas.
    Adelante……..

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