Reflexionando sobre el status quo de la cultura y las subvenciones

Hace unos meses leí un artículo en el blog Gent Normal con unas reflexiones muy interesantes sobre el tema de la cultura y las subvenciones en nuestro país.

Todo lo que decía Ramon Mas, el autor del artículo, me parecía muy importante, el tipo de cosas que muchos pensamos. Como es un blog en catalán les pedí permiso para traducirlo en mi blog y poder compartirlo. Vale la pena:

 

ARTISTAS DEL ERARIO por Ramon Mas

Subvenciones-660x440

Desde que estalló la crisis no he dejado de oír llantos procedentes del “sector de la cultura”, y cuando digo “sector de la cultura” estoy hablando básicamente de agentes de la industria cultural, de los que compran y venden, de los que producen y mandan. No me refiero a las habituales lamentaciones sobre que hoy en día se lea menos, se vaya menos al cine o se compren menos discos, que eso son hechos, si no a las voces indignadas que desde el mundo del cine o el teatro, para poner dos ejemplos, reclaman una vez y otra la necesidad de más ayudas institucionales para poder seguir existiendo.

Este tipo de quejas las pronuncian, generalmente, desde púlpitos bien altos. ¿Y os habéis preguntado alguna vez quiénes son estos personajillos que reclaman subvenciones para mantener viva la cultura? ¿Es gente joven que se está dejando la piel en proyectos que ha empezado los últimos cinco o diez años y que están dispuestos a salir adelante con o sin dinero público? Evidentemente que no. Básicamente porque las iniciativas culturales o artísticas que han nacido durante la crisis no esperan nada de nadie, y hacen lo que pueden para sobrevivir con sus propios medios. Si cae una ayuda bienvenida sea, pero no dependen, no pueden depender de ella, porque eso sería como estar condenado a la extinción.

Los que todo el santo día reclaman más subvenciones y nos hacen creer que sin dinero público no puede haber cultura son los de la vieja guardia: editores, productores, programadores, comisarios e incluso autores que se han pasado las últimas décadas viviendo a cuerpo de rey a costa del erario público, removiendo unos presupuestos que sus obras no habrían generado ni en tres vidas. Es lo bastante sabido el caso de algunos directores de cine que en el momento de cobrar la subvención, antes y todo de estrenar la película, ya obtenían beneficios. Aquí ha habido una burbuja, una sobredimensión del dinero que mueve la cultura. Durante treinta años los agentes culturales se han engordado con una riqueza puramente ficticia, a través de la cual, en lugar de potenciar la creatividad, se han construido una especie de aristocracia que hace décadas que copa las butacas institucionales y se va repartiendo el dinero público en nombre de las artes y los artistas. ¿Y qué pasa cuando de sopetón el grifo deja de manar? Pues que se dan cuenta del poco fasto y la poca gloria económica que obtendrán de manera directa a través del mundo del arte, de la literatura, de la música, el teatro o el cine. En otras palabras: se dan de bruces con la realidad. Y lloriquean.

Personalmente, no tengo ninguna reticencia a que haya ayudas públicas para los proyectos que lo necesitan, algunos muy interesantes no podrían salir adelante sin ellas, pero es triste que sus beneficiarios de larga duración (auténticos pensionistas de los presupuestos destinados a cultura) ni siquiera se planteen la posibilidad de una cultura autónoma y no dependiente. Y todavía es más lamentable que a menudo este dinero se otorgue por méritos ajenos a las obras en sí, a través de un sistema invisible de castas y apadrinamientos marcadamente versallesco.

Para finalizar, tengo que confesar que siento vergüenza ajena cada vez que escucho las declamaciones apocalípticas de algunos popes del sector cultural vaticinando el fin de todo, sólo porque ya no se pueden pagar el mantenimiento de sus terceras residencias. Las cosas han cambiado, es la hora de tocar de pies en el suelo. Estamos todos de acuerdo que el arte existe más allá del estado del bienestar y que su valor no tiene que estar sometido a las leyes del mercado. Muy bien, pero tampoco se puede permitir que se diluya en el espejismo frívolo y falseado de la cultura institucional, ni que dependa absolutamente de unas estructuras que le niegan su propia naturaleza y el fan adocenado, gregario y servil.

Ramon Mas (Autor de “Crònica d’un delicte menor” -l’Albi, 12-, editor de Les Males Herbes y miembro de FP) @LesMalesHerbes

 

Fuente: Gent Normal

Acerca de noencuentroellitio

Friky compulsivo que juega a que, de mayor, quisiera ser escritor.
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s